No somos de criticar, nuestra critica suele ser constructiva no tengo
nada contra los carlistas ni contra nadie pero no nos gusta el sectarismo. Nuestra función no es aislarnos,
sino crear los lazos necesarios y los medios para producir el cambio que
creemos que es necesario en esta podrida sociedad para mejorarla y
transformarla.
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Nunca
se le han dado bien al Carlismo las colaboraciones con fuerzas ajenas. Ni solo Nada sacó la
Comunión en tiempos de la Guerra de Cuba, aunque por patriotismo abandonó
transitoriamente su actividad parlamentaria de oposición al gobierno liberal.
Mal le fue su colaboración con el Alzamiento y su decisión de mantenerse en él
a pesar del Decreto de Unificación. Peor le hubiara ido si no se
hubiara alzado con las fuerzas nacionales por de haber subido el comunismo ningún
carlista quedaría vivo. Tampoco logró para sí misma bien alguno de
su colaboración activa con otros grupos para detener la transición a la
democracia, momento dramático en que no sólo se opuso al nuevo régimen y a la
legalización de los partidos de izquierdas y separatistas, sino también a los
que hasta poco tiempo antes formaban parte del Carlismo. Si el carlismo por
lo que me dejas entender es un fin en si mismo porque hechar a los comunistas era un bien prioritario.
Para no arrepentirse ni quejarse dices arriba que nada saco 50 años de
paz el comunismo derrotado la Iglesia gobernado codo con codo con el estado y
la participación en el modo de estado de algún carlista.
A si lo que te refieres es que no lo grasteis gobernar Vosotros es otra
cosa pero perdisteis el tiempo en atacarla régimen en vez de tratar de mejoralo
en la medida que el CAUDILLO os dava cancha y ala ancha como a los Falangistas.
Estas
colaboraciones dictadas por circunstancias bélicas y, por lo mismo, oportunas
en extremo, distan enormemente de los compromisos que el Carlismo ha querido
hacer en tiempos de paz. Nacidas de un imprudente deseo de alcanzar el poder,
el tiempo siempre ha demostrado su inoportunidad. Los intentos de colaboración con Franco en la
década de los sesenta, que provocaron tanto desánimo entre los carlistas,
fueron hechos a destiempo pues, si tal componenda hubiera sido aceptable,
cuando tuvo que hacerse fue al producirse la Unificación, no con un franquismo
en plena decadencia. Las componendas con toda clase de izquierdas que emprendió
Carlos Hugo, no sólo fueron radicalmente destructivas, sino insensatamente
extemporáneas. Si a tal quería llegarse, la oportunidad se dio para el Carlismo
al elegir bando en el Alzamiento. El «carlismo» paleosocialista a lo Tito, fue
una traición a los principios y además fue ridículo porque se sumó, tarde y
mal, al renqueante bloque del Este.
Con
su improvisado «Partido Carlista», Carlos Hugo quiso hacerse un sitio en la
naciente democracia y sólo hizo una labor destructiva. La llamada CTC, muy
meritoriamente, denuncia esta defección, pero desde su surgimiento está
dominada por la misma obsesión de que le concedan un lugar. Se conforman con un
mínimo de doctrina para buscar la asociación unas veces con cualquier grupo o
partido, sea demócratacristiano o fascista, que quiera mantener los llamados
«principios no negociables»; otras veces trata de aunar a un carlismo
historicista, sentimental y folklórico con la esperanza de ampliar unas bases
ligadas bajo una doctrina esmirriada y esquelética. Nada más inoportuno en
estos tiempos donde la democracia liberal y el capitalismo, de consuno, hacen
aguas por todas partes y donde lo que se ha de procurar, primero, es la
transmisión con toda seriedad de la doctrina íntegra.
Su
inspiración última, desde siempre, ha sido una ideología vagamente carlista
sometida a directrices eclesiales propias de una parroquia conciliar. Buen
número de sus miembros, estoy seguro de ello, no han olvidado la Realeza de
Cristo y mantienen para su coleto la confesionalidad del Estado y la
prohibición de la libertad de cultos. Pero tanto en sus declaraciones como en
sus acciones se constriñen a la defensa de ese ámbito privado que es la
religiosidad personal y familiar. Como los curas en sus parroquias, parecen
dispuestos a acoger con benevolencia a casi todo el espectro político, pero no
a lo que ellos llaman integrismo. Ahí pierden toda compostura. En un reciente
escrito, uno de sus intelectuales ―opus
mal ribeteado de fraseología carlista―
inserta, sin venir a cuento, como salida del alma, la siguiente frase de tintes maritainianos: «el integrismo es
una parodia grotesca de la propuesta integral del carlismo. No se puede dar a
Dios lo que es propio del César como no puede darse al César lo que es de
Dios». A Dios, lo suyo, lo del César y el César mismo. Ahí se convierte la
Comunión Tradicionalista en objeto de sus iras y la definen como brazo secular
del «lefebvrismo» o falsedades similares. Porque la Comunión, la verdadera,
respeta y mucho a la Hermandad de San Pío X, pero nada le debe, ni en la
práctica, ni en la teoría política. Que el Carlismo ha defendido cuanto ella
defiende mucho antes de que fuera conocida en España.
En
suma, la ideología política públicamente mantenida por la supuesta CTC es la de
un neocarlismo parroquial satisfecho con rechazar parcialmente el laicismo
gubernamental y con presentar como una elección respetable los principios
carlistas. Exactamente igual que los modernos eclesiásticos se conforman con
denunciar el aborto y las otras leyes contra la familia o contra la «vida»
(como ellos dicen) y con pedir que se consienta «vivir» el catolicismo
postconciliar como opción entre otras. Llámese
a esto neocarlismo parroquial, o como se quiera, esa CTC que defiende
principios irrenunciables (como si pudiera haberlos renunciables) e intenta formar
«ligas tradicionalistas» por medio de convivencias familiares (como si en eso
consistiera la acción política), no es más que un trasunto democráticamente
expurgado del Carlismo. Su carlismo emasculado no sirve sino para tranquilizar
conciencias débiles con juegos florales y narraciones del pasado.
No soy yo quien critique la defensa dela verdad contra las medias tintas
de otros. Pero hay que ser realistas en política la verdad es la gente y la mayoría
de la gente en España ni es católica, ni carlistas, ni menos TRADICIONALISTA ó
LEFEBRISTA y querer ganar algo en política aliando con un lefebrvismo
minoritario y casi sectario en sentido de los pocos que somos o sois. Y lo digo
con dolor desde mi posicionamiento sino hubiera ganado el carlismo en laguna de
sus anteriores batallas y fue poreso mimo, que hasta el propio Sanbino
Aranadecidio en claustrarse en Vizcaya y tratar de hacer un carlismo en su
territorio pasando de España arto de guerras fraticidas y no llegar nada pensó que
si la mayoría católica era de su tierra conseguiría gobernar rapidoy un estado católico
Vasco.
No
hay más que ver lo que alegan para reivindicar su derecho a llamarse Comunión
Tradicionalista. Aunque habría mucho que decir al respecto, admítase que ellos
fueron haciéndose con el poder de la Comunión a partir del año 1987 y que,
además de apoderarse de la inscripción que ésta tenía en el registro de
partidos, recurrieron a inscribir también aparte el nombre de Comunión
Tradicionalista. Sí, ellos «son» la CTC y la CT según la legalidad vigente, es
decir según las leyes de la democracia partitocrática. Ni se les pasa por las
mientes que la Comunión no es un partido, sino el conjunto de españoles que
mantienen todos los principios del tradicionalismo y la legitimidad dinástica
según las leyes de sucesión española. Cualquier día nos denuncian al gobierno
por usar el nombre de Comunión. Cualquier día piden a Juan Carlos que les ayude
a dirimir la cuestión sucesoria.
Cuestión
sucesoria en la que la postura de la supuesta CTC alcanza el colmo del
despropósito. Tras la defección de Carlos Hugo, como tal reconocida por la
sedicente Comunión y en tanto que sus hijos no fueran mayores de edad, según
las leyes sucesorias la responsabilidad de la corona recayó, como regente,
sobre S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, único varón restante, hijo del Rey
Don Javier. Responsabilidad aceptada sin que pueda achacársele declaración
alguna contra los principios de la tradición. ¡Ah! Pero a los próceres de ese
grupo no les gusta este regente. Será quizás porque a ese grupo no le faltan
ribetes de pacifismo (¡un carlismo pacifista!) y reprueban el acto heroico de
Montejurra, donde Don Sixto Enrique se jugó personalmente su integridad física.
Será porque Don Sixto, como los auténticos monarcas, tiene su propio criterio y
no ha adoptado la política por ellos deseada. Sea por lo que sea, «no confían
en él». Como si el monarca hubiera de hacer campaña electoral; como si debiera
someterse a cuestiones de confianza. Yerre o acierte dentro de lo que a su
prudencia compete, el monarca lo es mientras no abandone los principios o se
extralimite convirtiéndose en tirano. En esto, los de esa CTC confunden
monarquía con democracia y rey con presidente del gobierno. Y, cuando dicen
que, en cierto modo, «andan buscando rey» y creen que la corona puede quedar
vacante, mientras no haya un rey que les haga tilín, o cometen la misma
confusión, o se dejan llevar de alguna
oscura concepción caudillista.
La
última es que miran con ojos esperanzados a Carlos Javier, hijo mayor de Carlos
Hugo. Empezando por Don Sixto Enrique, nadie niega a Carlos Javier la
legitimidad de origen, pues la defección de su padre no invalida la transmisión
de los derechos sucesorios. Pero no puede suceder a su padre, que dejó de ser
príncipe hace cuarenta años, sino al Rey Don Javier. Y podría sucederle si
recibe la corona de manos del regente, Don Sixto Enrique, caso de que cumpla
las demás condiciones de la legitimidad. Sin la figura de Don Sixto, como
regente, cualquier derecho sucesorio, a falta de legítimos reclamantes, habría
periclitado durante los últimos decenios. La Junta de Gobierno de la supuesta
CTC dice hacer votos «para que un día, cuando Dios quiera, sea posible un rey
tradicional». ¿Creen acaso que los reyes surgen de manera milagrosa o por
generación espontánea? Quien desee saber quién es el rey deberá recorrer, sin
hiatos, la transmisión del poder monárquico según las leyes de sucesión. Si no
compras un boleto, por mucho que reces no te tocará la lotería. La absurda idea
de la orfandad dinástica, o de un tronovacantismo prolongado, sólo pone de
manifiesto que esa CTC no se toma en serio ni la monarquía ni, por tanto, el
carlismo.
De
igual falta de seriedad han hecho gala cuando han querido hallar en la
declaración de Carlos Javier de abril del 2011 «algunos aspectos positivos
como: ... su promesa de fidelidad a las
tradiciones y en primer lugar a la religiosa, como clave de un esquema de
recuperación de referentes morales». Porque lo que Carlos Javier dice sobre las
tradiciones es lo siguiente: «Como mi padre, seré fiel a nuestras tradiciones»,
que no es evidentemente lo mismo. Y lo que dice respecto de la religión no se
refiere sólo a la católica, sino que abarca cualquiera forma de religiosidad:
«También nuestras raíces de cultura cristiana y humanista, donde han dejado
huella otras espiritualidades, nos instan a luchar contra el terrible déficit
ético … etc.». Ver en esto algo positivo ya no es falta de seriedad, sino
aceptación de la tesis, primero kantiana y luego modernista, de la prioridad de
la ética sobre las religiones institucionalizadas (incluida la católica) que
son manifestaciones diversas de aquélla. Prefiero echar a buena parte estos
traspiés doctrinales y pensar que, pese a su extrema gravedad, quizás hayan
pasado inadvertidos a unos y otros. Eso tiene el contacto excluyente con los
nuevos curas.
Si como he dicho la mayoría de los españoles no es católico sino nunca
hunbieran permitido leyes del aborto habria habido reacción contra el Vaticano
II como en francia a lo sumo es católica liberal o del OPUS DEI con sus teje
manejes bueno a lo que iba si la mayoría
no es católica y menos monárquica convencida y los que lo son son de un rey
liberal como Juan Carlos pretender que un rey como Don Sixto reine y sea
aceptado por la mayoría que no pueden
ver al rey y son republicanos etc.
La cosa esta muy mal me gustaría que reinara Don Sixto antes que este. Pero
decir que no se consigue nada con uniones es como decir: Que alguen que no es
carlista nunca va votar al carlismo.
Me pones en dos dilemas tu objetivo es acabar con el aborto y las leyes
que están contra la familia instaurar un ORDEN SOCIAL CRISTIANO ó por el
contrario quieres lo mismo pero solo si es intaurado por un rey carlista o a lo
sumo por una organización carlista.
Porque si no quieres colaborar con el resto de la población por que no
es carlista nunca irías a una manifestación contra el aborto ni a favor de la
familia, o contra el terrorismo a no ser que fuera directamente convocada y dirigida por un partido oasociación 100% Carlista
a un teniendo los mismos objetivos si la convoca otra asociación.
En mi modo de ver eso tiene un nombre SECTARISMO. Eso solo se puede
pensar o opinar si tu organización fuese lo sufientemente grande como para
hacer todo esto por si misma sino dudo que llegara a la gente.
En
todo caso, ¿qué puede esperar el Carlismo de un príncipe demócrata que dice:
«Creo que desde nuestra secular identidad, original, comprometida y con la
legitimidad democrática que nos otorga nuestra decidida participación en la
transición democrática y nuestra marcha hacia una España plural, podemos ser
actores históricos de un cambio ... »? ¿Qué de quien el mismo día jura (o algo
así) los fueros navarros y pone flores en la tumba de comunistas? ¿Qué de quien
se permite otorgar la Orden de la Legitimidad Proscrita por igual a un
socialista, como Raúl Morodo, y a los ancianos patriarcas del carlismo? ¿Qué de
quien promete cumplir «con los deberes y sacrificios que me impone el ser hoy
el abanderado dinástico del Carlismo», y ha empezado por contraer un matrimonio
desigual que priva a su descendencia de derechos sucesorios? Es posible que esa
CTC y Carlos Javier de Borbón Parma lleguen a entenderse. Una y otro quieren
hacerse un sitio. Pero será una alianza transitoria. Porque la llamada CTC
quiere un puesto en el sistema eclesial y político para su neocarlismo
parroquial. Ya ha conseguido eco en Infocatólica y, de seguro, espera resonar
en Alfa y Omega. Sin embargo, me da en la nariz que todo eso le trae al pairo a
Carlos Javier cuya aspiración probablemente se reduce a que el ¡Hola! le abone
a su cuenta de famosos. Junto a la Duquesa de Alba.
José
Miguel Gambra
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